Por razones complejas, como las de todo emigrante, nos tocó vivir, desde hace casi veinte años, en Chicago, Estados Unidos. Una de ellas es ver la vida realmente mezclada, algo así como

DON BOSCO Y LA MIGNON, CARNERA Y SAN MARTIN

                                                                                    (E. Santos Discépolo, "Cambalache")

Antonio Cojuanco San Martín es un ecuatoriano que vive en Chicago desde 1990. Vino cuando su primo Miguel Bosco le dijo que necesitaban un ayudante de cocinero en La Strega Nona, un restaurante de buen tono, del centro. Los primos trabajaron por cuatro años allí, y aprendieron a preparar la salsa puttanesca y el penne arrabiato con el propio Luigino Carnera, chef romano y dueño del ristorante. Luego aceptaron una oferta por mayor sueldo, y se pasaron a la vereda de enfrente, al Toyohana, donde son jefe de cocina y primer asistente. Lo que cocinan es Sushi, comida tradicional japonesa basada en pescado crudo, arroz y algas. Dicen que es más fácil que la comida italiana, y que mientras vivían en Guayaquil no habían oído siquiera la palabra Sushi. Don Makoto Ogawa, propietario del Toyohana, dice que en Japón no existen cocineros de sushi no japoneses, y reconoce que a San Martín y a Bosco les sería muy difícil conseguir trabajo en Tokio o Yokohama. "Este país es una olla que se derrite", dice en su horrible inglés, refiriéndose a la gente como ingredientes de un guiso estupendo.

Chicago tiene tres millones y medio de personas, los suburbios otro tanto. Entre ellos unos quinientos o seiscientos mil mexicanos, y unos dos o tres mil restaurantes mexicanos --lo que no debe sorprender, ya que los mexicanos salen del trabajo y a las seis y media de la tarde se visten, muchos con sombrero y botas charras, y se van a comer antojitos y tomar cerveza. Uno de los trabajos clásicos del mexicano recién llegado, A espalda mojada@ como se le llama en alusión a un probable cruce nocturno del Río Grande, es el de limpiador de restaurante primero, y peón de cocina después. Pero más y más mexicanos están ahora regenteando cocinas de restaurantes árabes, tailandeses, o franceses. Dice José Severo, chef de la Brasserie Mignon, que el que es cocinero domina un idioma universal, y llegado a Chicago, se da cuenta que aprender el dialecto culinario francés o polaco es posible en semanas. A Por supuesto que en Torreón, Coahuila, no lo habría hecho, allá lo único que la gente come es pozole, pero acá, el cliente no sólo puede ser de cualquier nacionalidad, pero además es aventurado, exploratorio, arriesgado para comer@ .

Entonces, la olla de comida bullente y entreverada es un camino que encuentra el inmigrante para meterse y entremezclarse en el caldo social. Pero la integración, que puede ser dolorosa pero procede sin pausa y a pesar de uno mismo, llega también por otros caminos con nombres de comida: la salsa y el merengue.

A Tenemos fiesta del Hospital Noruego-Americano@ , dice mi esposa, y me muestra una invitación al club Tropicana de Cachet, Havana (capital de Cuba en ortografía inglesa). A la hora señalada (las siete y media de la tarde, ya es noche) llegamos al club. Barrio bajo, mezclado, mayoritariamente latinoamericano pero mezclado. Edificio grande y de aspecto ruinoso, gran escalinata a la planta alta, gran puerta de entrada flanqueada por telones como capas y rematadas por una nariz y máscara de arlequín. La puerta está trancada. Vichamos por los vidrios, todo oscuro y siniestro. Planta baja, la misma historia, otro salón, cerrado por rejas metálicas, dos tipos malencarados dentro. Por una puertita vemos un letrero A Havana@ , y una flechita que indica la escalera al sótano. El Havana es el sótano del Tropicana. Bar, mesitas, y baldosas (pintadas) que fueron losas un día. Supero mi desconfianza y me acomodo en una mesita con un Long Island (partes iguales de tequila, vodka, ron , whisky y cocacola). La música empieza,y empiezan a caer los invitados: empleadas de oficinas médicas, en su mayoría mexicanas y caribeñas, con o sin novio, médicos filipinos y hondureños, limpiadores del hospital (puertorriqueños todos). Se corre la bola de que a mi esposa le gusta el merengue y ponen, a todo trapo, A Linda Nena@ por el Grupo Manía. Los coreanos y filipinos, peruanos y chicanos, y hasta algún yanqui perdido, bailan toda la noche, interrumpiéndose sólo para que yo pueda cumplir mi sueño dorado, cantar A Volver@ con orquesta y sin olvidarme de la letra. Lo que ocurre es que tienen A karaoke@ (el sistema japonés por el cual se borra electrónicamente la voz del cantante, se deja la música, y se va proyectando la letra sincronizadamente en una pantalla, mientras los parroquianos cantan por micrófonos inalámbricos). Bueno, no tenían muchos tangos en el karaoke, pero pude cantar también A La flor de la canela@ y, por primera vez, A Alma Llanera@ , ya que hasta ese momento la única parte que sabía era la terminación (...y del sol!!! Y del sol!!). El mayor aplauso, sin embargo, se lo llevó una dominicana que cantaba (y actuaba) muy bien una nueva canción caribeña llamada (lo juro) A No me tokes el kuku@ .

A pesar del racismo rampante de mucha gente, y del ombliguismo y la ignorancia de otros, Estados Unidos está cada vez más integrado, y como dicen acá, cada vez más marrón. A fuerza de fregar pisos y pelar papas, a fuerza de tacos y tortillas, de cumbias y joropos, de inmigrantes esforzados y talentosos.

Estoy deseando que llegue la próxima fiesta en el Havana, mi cumpleaños, para el cual ya estamos tratando de conseguir karaoke de A De Cojinillo@ y A A Don Ata@ .

 

Eduardo Ríos.

Erios@rush.edu (1134 S. Plymouth Ct., Chicago 60605, EEUU)