Por razones complejas nos tocó vivir, desde hace casi veinte años, en Chicago, Estados Unidos. A principios de otoño fuimos de pesca con mi hija Carmela porque, aquí como en Tacuarembó, mientras no se corte el hilo

JUNTO AL AGUA ME HALLARÁS

(Osiris Rodríguez Castillos. "Gurí Pescador".)

Es temprano en la mañana. Estamos en la ruta 51, que recorre de sur a norte el estado de Wisconsin. Nos acercamos a la zona de los "Bosques del Norte", que ocupan la mitad del estado. En el mapa parece un queso suizo, con más lagos que tierra, lagos creados por los glaciares de la era terciaria. El terreno es levemente ondulado, y el bosque lo cubre todo. Nos movemos rápidamente, remolcando un bote pescador de siete metros en buena carretera. Desde que entramos a los "Bosques" el tráfico espeso del muy activo sur agrícola-ganadero se ha reducido a un flujo sostenido de camionetas grandes con botes o remolques de acampar a cuestas. Tenemos que manejar con cuidado, ya nos hemos cruzado con unos veinte ciervos, envalentonados en esta época del año, en que la comida es abundante y sólo se permite cazarlos con arco y flechas. Al paso del coche la delicada neblina que cubre los lados de la carretera se mueve, y deja ver pasto cubierto de flores amarillas. La radio pronostica una mañana de sol, seguida por varios días de lluvia. Venimos preparados, con ponchos y pantalones impermeables. Carmela, que no es materialista, debe estar pensando "qué bien me vendría una de esas camperas Goretex, que no dejan pasar el agua pero respiran. ( Qué lástima que cuestan 500 dólares!".

En un comercio del pueblito Cruce Peñasco compramos un tacho de sanguijuelas, dos de lombrices canadienses grandes y un balde de mojarras. Las mojarras están muy vivas en grandes tanques aereados. Ponemos tres docenas en un balde y Carmela empieza a soplar por un tubo de plástico, invento nuestro para que no se mueran antes de llegar al lago. También sacamos licencia para pescar, 15 dólares por tres días, recordando, con vergüenza y sin decir nada, cuando años atrás un inspector nos puso una multa de 80 dólares y nos confiscó las cañas en el Lago de la Trucha, a donde ahora vamos.

Metemos el bote en el agua por una rampa pavimentada, y nos ponemos a pescar. Yo como siempre lleno un vaso con agua del lago y me lo tomo, casi como un "gualicho" para convencerme de que todavía existen lugares así. El lago, inmenso y espectacular, tiene forma de reloj de arena. En la mañana todavía está cubierto de neblina y no se alcanza a ver la costa más lejana, pero el eco poderoso indica que está rodeado de bosque alto.

Con el "sonar" detector de profundidad localizamos un promontorio en el fondo del lago, anclamos el bote, y nos ponemos a pescar, a quince metros de profundidad. Queremos pescar el famoso Walleye. Es el pez venerado por los indígenas del norte. En sus tratados de paz con el gobierno de EEUU se estableció que sólo ellos lo pueden pescar con fines comerciales. Cerca de aquí está el Gran Lago de las Antorchas (Lac du Flambeau), así llamado porque los indios pescan el walleye de noche, con arpones, a la luz de las antorchas, como lo han hecho por mil años. Carmela saca un librito "Lugares de Pesca. Libro diecisiete. Serie Centro Norte. Zona Cruce Peñasco" y empieza a leérmelo. "Mirá lo que dice del Lago de la Trucha. Es uno de los pesqueros más hermosos y difíciles del norte de Wisconsin. La belleza y claridad del agua también implica que tiene poca fertilidad. Una redada "Fyke" hecha en la primavera de 1993 por el Departamento de Recursos Naturales indicó que hay sólo 1.5 walleyes por acre (unos cinco por hectárea) y las truchas de lago son ahora mucho menos abundantes que antes. Desde 1993 el Departamento ha empezado a sembrar walleyes y la población se está recuperando. Pero por supuesto, el que va al Lago de la Trucha siempre tiene la esperanza de pescar un muskellunge, con 20 o 30 kilos el pez de agua dulce más grande de América del Norte."

No pica nada. Empieza a llover. No me preocupo por el libro de pesca de Carmela porque está todo plastificado, y aunque se caiga al fondo del lago va a ser legible treinta años después. Me pongo a pensar si tendré tanta suerte como para que uno de los cinco walleyes que viven en la hectárea de agua donde estamos pescando vaya a morder mi anzuelo.

Se siente un gemido profundo y lastimoso, amplificado por los ecos, y seguido unos segundos después por otro que viene de la otra orilla. Es el llamado del loon, una enorme ave lacustre, especie de pato que no sabe caminar y casi no vuela. Nos quedamos muy quietos y vemos venir uno nadando raudo hacia nosotros. En el agua mide un metro, desde el cuello a la cola. Tiene un pico largo, recto, negro, triangular, como un cuchillo de curtiembre. Se sumerge y aparece dos minutos más tarde a unos cien metros de distancia. Luego viene otro. Sobre su lomo apenas puede verse un pollito, muy cómodo entre las alas de la madre.

Carmela deja el libro de pesca y empieza a hablar de los loons. La madre no pesca. Tiene un solo hijo por año y se dedica a él por entero. Las parejas se unen de por vida. Los loons, dice Carmela, son como un barómetro del estado ecológico. Sólo ocupan lagos inmaculados. Si hay mucho movimiento de pescadores, los abandonan. Además necesitan mucho espacio. En este lago, de trece quilómetros cuadrados, deben vivir unas cinco o seis parejas. Tanto como el muskellunge o el walleye, son un símbolo de los Bosques del Norte .

Las mojarras están felices porque su balde está metido en el lago y le entra agua por múltiples agujeros. Saco el anzuelo del agua, y le pongo la mojarra más grande que encuentro. La engancho por los dos labios de modo que siga viva y coleando. Al rato siento un tirón, es un pez grande. Pelea mucho, y genera una excitación criminal en nuestro bote. Cuando lo levantamos, vemos que es un walleye. Con nuestra reglita y balanza (no tenerlas es un delito que se castiga tanto como pescar sin licencia) vemos que el pez tiene 21 pulgadas (54 centímetros) y unos dos quilos y medio. Eso quiere decir que nos podemos quedar con él. Tiene el característico ojo blanco (walleye quiere decir "ojo como una pared") que le permite ver de noche y en la oscuridad de las aguas profundas.

Esa noche en la cabaña, mientras comemos el walleye, que fue lo único que pescamos en todo el día, hablamos poco. Impregnados por la serenidad del bosque, degustamos la célebre carne blanca con sentimientos casi religiosos: respeto, como el que se siente por la hostia, hambre, producida por el frío y el día a la intemperie, y felicidad por estar allí, padre e hija, sin más tarea que vivir.

Y no me hables papá, decía Carmela, de lo mucho que se pesca en el Río Tacuarembó. Fijate que en una encuesta el 42% de la gente de Estados Unidos respondió que su pasatiempo favorito era la pesca. ( Eso significa 110 millones de pescadores! ) No te parece asombroso que toda esa gente pueda pescar, que haya lugar y peces para todos? Yo creo que en ese sentido Uruguay tiene mucho que aprender. El respeto por el pez y su ciclo biológico. La existencia de límites de tamaño y número de captura. La siembra de peces y el seguimiento estadístico aún en los lagos remotos. Todo eso es posible gracias a que la gente paga por pescar, y existen departamentos de recursos naturales bien organizados y bien equipados. A su vez la gente paga licencias porque si no lo hacés te castigan, como aprendimos nosotros.

Yo no digo nada. Pero recuerdo que cuando era chico en el Río Tacuarembó se pescaban dorados. Los terminamos en unas redadas sangrientas, allá por el 1951, y nunca más volvieron, debido tal vez a las represas. Recuerdo que en los años sesenta habían bogas, abundantes, de carne blanca como la del walleye. Mis sobrinos, que pescan en el Tacuarembó desde 1980, no han visto nunca una boga. ) Cómo, cuándo y por qué se extinguieron? Me doy cuenta que mi hija tiene algo de razón, y me duermo pensando qué habría que hacer para que el 42% de los uruguayos puedan volver a pescar la boga y el dorado, disfrutando de un amanecer en sus propios Bosques del Norte.

Eduardo Ríos.

Erios@rush.edu (1134 S. Plymouth Ct., Chicago 60605, EEUU)

Carmela:

klausrios@hotmail.com
riosmar1@msu.edu