Este año, por primera vez, tenemos club de fútbol profesional en Chicago. Ayer jugamos contra Nueva York; la cosa salió mal y hubo

SILENCIO EN LA NOCHE

(C. Gardel, H. Petrossi y A. Le Pera: "Silencio".)

En medio de un gentío estamos entrando al A Campo del Soldado@ , que así se llama el estadio de fútbol de Chicago.

Bueno, en realidad no es un estadio de fútbol, sino de A Fútbol Americano@ , deporte que juegan equipos con nombres de Osos, Tigres, Leones, y jugadores grandes como elefantes.

Pero nosotros venimos a ver fútbol en esta noche de abril. Es el segundo encuentro que juega en su casa el A Chicago Fire@ (Fuego de Chicago), nuevo equipo de la Liga Mayor del Fútbol. El nombre del equipo, pensado por un hincha, recuerda el día de 1882 en que la vaca de la señora O= Leary pateó un farol en el establo e inició un incendio que, al quemar la ciudad entera, también dio el puntapié inicial al Chicago moderno.

No es la primera vez que vemos fútbol en este estadio. Aquí el presidente Clinton dio por iniciado el Mundial del 94 en una tarde calurosísima de Junio, cuando Alemania le ganó a Bolivia con gol de offside, y el Diablo Echeverry se hizo echar al minuto de haber entrado. Ese día yo estaba en las gradas con mi hija futbolera, y también era nuestro A debut@ en un mundial, a pesar de que el relato sollozante de Carlos Solé me había sentado tantas veces en el Maracaná de 1950.

El Campo del Soldado está en una zona hermosísima de Chicago, en una cadena de parques que bordean la costa del lago Michigan, extendida de Norte a Sur como comienzo verde de una ciudad gris de hormigón y acero. Es un estadio neoclásico, con grandes columnatas que rematan por el este y el oeste las dos tribunas mayores. El estadio, más dos museos monumentales, el Acuario, el Planetario, y varias otras estructuras cerca de la Universidad, forman parte del A Plan Burnham@ . Ese plan, pergeñado para la Exposición y Feria Mundial de 1893, unió los estilos de la Grecia Clásica, la Roma Imperial y el Renacimiento Italiano, en un perfil pomposo que colmó las aspiraciones de los grandes del momento: Swift y Armour, barones de la carne; MacCormick y Rockefeller, duques del acero y la banca.

Esta noche de abril la concurrencia es menos distinguida. Se habla en muchos idiomas, más que nada en español. Cuando entramos faltan todavía veinte minutos y ya hay treinta mil personas. Jugadores del equipo visitante hacen precalentamiento en la cancha y le patean al golero. Nueva York es uno de los cuadros más poderosos, y tiene muchos consagrados.

Justo cuando estamos llegando a nuestros asientos se oye una silbatina infernal y gritos de "( Racista!, ( Culero!" (que es lo que dicen los mejicanos cuando quieren hacerte sentir realmente mal). El objeto del abucheo es Alexi Lalas, el famoso back atrasado o A sweeper@ de Nueva York y del seleccionado. Corpulento, con pelo largo y barba de chivo color zanahoria, es el jugador más conocido de la selección de Estados Unidos; más que el goleador Wynalda, o que el uruguayo Tabaré (Tab) Ramos. Parece que hizo declaraciones despectivas sobre México, su fútbol y su gente, y ahora veinte mil mejicanos se lo están cobrando.

A la hora de empezar hay cincuenta mil espectadores y un gran ambiente. En las tribunas la gente despliega banderas, sobre todo de México, pero también de Polonia, Grecia, El Salvador, y un par de Uruguay. Una batucada con banderas de Brasil y muchachas de pechos Batoví en camisetas amarillas se sacude en el talud sur. El plantel del Chicago Fire está lleno de baratos obreros del fútbol, incluyendo cuatro polacos, un checo, un griego, un salvadoreño y un nigeriano. También tiene una estrella: Jorge Campos, golero de la selección mejicana, ídolo.

Cuando entra el equipo visitante al campo hay sólo silbidos. Luego entra Chicago y estalla el estadio. Los jugadores son presentados individualmente por los altavoces; más silbidos para los de Nueva York. Cuando anuncian a los locales nombran a Campos primero, y los gritos de A ( Jorge!, ( Jorge!@ no dejan oir los nombres de los pobres rejuntados.

Luego viene el himno, cantado a cappella, bella y valientemente, por dos niñas de un suburbio. Los jugadores lo oyen en formación, con la mano sobre el pecho. El polaco Przblscky parece que tiene el corazón a la derecha. La gente se pone de pie pero no hace silencio. A Qué vamos a hacer@ , dice un hincha, A si ni la cuarta parte de esta concurrencia nació aquí@ . Cuando las niñas cantan A por la tierra de los libres@ , la hinchada ya no se aguanta y ahogan el verso final A y el hogar de los valientes@ con aplausos y gritos de "( Viva México!".

El partido empieza bien. La cancha es demasiado chica para fútbol. Le han repintado los límites para agrandarla un poco, con lo que llega casi hasta las tribunas. Cada vez que la pelota se acerca a un arco todo el mundo se para. A pesar de que estamos muy cerca del campo no vemos nada, y también nos tenemos que parar.

Chicago ataca y domina. Como la cancha es chica se juega a los empujones. El juez, que se llama Carlos Robaina, cobra A montonera@ , una vez para cada lado. Un anunciador servicial explica por los parlantes en inglés y en español, A tiro libre para Nueva York@ , A tiro de esquina para Chicago@ . En el cartel donde se marca el tiempo y el tanteador se proyectan los nombres de los patrocinadores: Carnicerías Jiménez, y Socios de Salud Católicos, una empresa de hospitales y consultorios que busca reforzar su posición en los barrios mejicanos y puertorriqueños de la ciudad.

Se ve enseguida que tenemos un cuadro mediocre. Sólo el capitán Novak, número diez, corre toda la cancha y arma jugadas de peligro. Pero es un dribleador encarnizado y los de Nueva York en general, y Lalas en particular, lo terminan parando a patadas. Cada vez que nos pasa cerca uno de los famosos jugadores del visitante, un hincha particularmente obsesivo los llama por su nombre: A ( Tanque!, ( Tanque!@ le dice al ecuatoriano Eduardo Hurtado, A ( Mike! ( Mike!@ al seleccionado Michael Sorber. Hay un centro de Nueva York y la atrapa Campos por primera vez. La jugada no tiene peligro ni mérito, la tribuna delira.

Faltando cinco minutos para el final del primer tiempo, Nueva York tira desde lejos un centro largo. Campos sale con displicencia a buscar la pelota. Lalas, que siempre va al área contraria, lo madruga y se la cabecea por arriba. ( Gol! Los jugadores lo gritan y vienen a abrazarse con los suplentes en el banco frente a nuestros asientos. En el resto del estadio hay noche, silencio, y estupor por la crueldad del momento.

Yo me lo explico. Este asunto de la contratación de estrellas internacionales parece que es una estafa. Campos recién había llegado a Chicago la noche anterior. No ha renunciado a su contrato en el fútbol profesional de México, y va a jugar por su selección en el mundial. La idea debe ser que juegue algún partido en Chicago, de vez en cuando, para dejar contenta a la afición.

En el intervalo voy al baño, y encuentro a un niño sentado entre dos orinales, con la cara entre las manos. A Qué hay chavillo@ , le dice otro mingitor, A ) Qué te pasa?@ . El A chavo@ no contesta, y pronto es evidente para todos que está llorando. A Porque Lalas le hizo un gol a Jorge@ , admite finalmente, y sigue lagrimeando mientras nosotros en silencio vaciamos otros fluidos.

En el segundo tiempo Nueva York hace defensa cómodamente, y la inoperancia de Chicago se revela más clara. A Es que son todos polacos, y no hacen nada@ , dice el vecino que gusta de llamar a las estrellas por su nombre. Creo que no le gustan los polacos porque para empezar sus nombres son impronunciables. A esta altura se juega en el medio del campo y la gente, aburrida, empieza a hacer la A ola@ . También se oyen gritos de ( Jorge!, ( Jorge! Es que el desventurado Campos también puede jugar de atacante. Faltando cinco minutos lo sustituyen por el golero suplente y lo ponen de centro forward. Pasan esos últimos minutos en silencio, sin que Jorge la pueda tocar en su nuevo puesto. El anunciador se suma al silencio, y sólo dice cuando termina el partido: A Gracias por haber venido. Que tengan un viaje feliz de regreso. Manejen con cuidado@ . En silencio nos vamos.

A la salida tomamos un ómnibus que nos acercará diez cuadras hasta el estacionamiento. El ómnibus es de esos que llevan niños a la escuela, así que vamos muy apretados. Está lleno de hinchas australianos, que se dicen A G= dey méit@ , algo así como A ( hola! A .

Yo, aprovechando que está oscuro y para ver qué pasa, digo en japonés: A Arigato gozaimas@ , parecido a A muchas gracias@ . Hay un momento de indecisión y luego todos los australianos, o aspirantes a australianos, empiezan a contestar en japonés: A Konichiwa, arigato@ , y la cacofonía políglota rompe el silencio en el Campo del Soldado.

Eduardo Ríos.

Erios@rush.edu (1134 S. Plymouth Ct., Chicago 60605, EEUU)