Cuando le dije a mi esposa que me habían ofrecido un trabajo en Chicago, se puso a llorar. Quince años más tarde nos damos cuenta que el lugar resultó mucho mejor de lo que esperábamos. En estas notas trataré de contar este enorme país (ojo, que no dije "gran país"...) como lo vive un tacuaremboense. Y se va la primera.

TRABAJADOR E INMIGRANTE...

(Jaime Roos, "Los Olímpicos")

A las siete menos veinte el tipo se despierta con el ruido del camión que vacía, luego que su conductor lo ensarta con un garfio inteligente, el gigantesco contenedor donde la escuela de enfrente guarda la basura del día. El tipo sabe que es temprano, pero su mujer ya se levantó, apurada, para sacar al perrito a orinar (como es viejo, se le olvidan las buenas costumbres, y mea religiosamente, a las seis y cuarto de la mañana, la alfombra del family room). El tipo, al ducharse, piensa si se orinará encima, y si usará los pañales geriátricos que en la tele publicita un veterano churro y canoso, cuando llegue a la edad que en años perro ahora tiene el perrito.

Mientras desayuna con su mujer, el tipo piensa que sería bueno tener el diario, pero canceló la suscripción un año atrás, de bronca con un pomposo editorial, en el aniversario del Che, donde se argumentaba que, después de todo, el Che no era tan heroico como se decía, ya que, para empezar, era asmático.

Prepara un almuerzo con restos de la cena y lo guarda en una cajita Tupperware mientras piensa ) ya habrán llegado las Fiestas Tupperware --reunión de vecinas para comprarle a una de ellas cajitas y bols Tupperware-- al Uruguay? Se despide, abre con control remoto la puerta del garage, saca el auto tratando de no pisar escolares, y empieza a recorrer su barrio, camino de la autopista que lleva al centro, mientras escucha el informativo, especialmente para averiguar el estado del tráfico. "En la autopista Edens, desde Lake Cook a la autopista Kennedy, 30 minutos. En la Kennedy, una hora cinco del Aeropuerto al Centro, 55 minutos del Centro al Aeropuerto. En la Eisenhower" --y aquí el tipo pone más atención, es la que él usa-- "una hora tres desde la ruta 53 al Centro". ( La pucha!, voy a tener que ir por adentro. Así que hace los 9 kilómetros de camino a su empleo recorriendo las calles del inmenso ghetto negro que separa el centro de su cómodo y arbolado suburbio. Durante el recorrido le maravilla que el barrio negro de un tiempo a esta parte esté funcionando bastante bien. Ya no quedan más que diez o doce cuadras de edificios con las ventanas tapiadas con madera compensada. Ya no se ven tantas prostitutas, ni tantos grupos de desocupados tomando en las esquinas aguardiente "Confort del Sur", de botellas pudorosamente guardadas en bolsas de papel, desde las siete de la mañana. Luego, cuando atraviesa las ocho cuadras de zonificación "comercial", se asombra como siempre de la casi perfecta alternancia de iglesias y tiendas de licores, únicos "comercios" viables en el ghetto, y se imagina un piadoso borracho, alternando libaciones con mea culpas a medida que recorre la avenida.

Llegado al hospital donde trabaja, estaciona su auto entre otros siete mil en el gigantesco garaje, trata de grabar en su mente en qué piso estacionó, y va a su laboratorio, donde los colegas están ya trabajando. Lee veinte mensajes de correo electrónico (se alegra de encontrar uno de su hija mayor, de la que lo separan ahora seis estados y 3000 kilómetros), tres faxes, dos mensajes en el contestador, y la camada de correspondencia de la mañana. Negocia, pide dinero, autoriza pagos, discute con el catedrático, telefonea, y arriba manda un mensaje electrónico y un fax para que le arreglen el microscopio; lee, mide, piensa, escribe, y a las seis de la tarde desanda el camino a su casa, esta vez por la atestada autopista --a 20 kms por hora-- ya que no se anima a andar de noche por el barrio negro. En la radio, Clinton explica su plan para combatir el calentamiento global y los "gases de invernadero". Gaseado por los escapes, el tipo no le cree nada.

En su casa ayuda a su mujer a cocinar, no lo suficiente según ella, mientras comentan los avatares del día. Telefonea a sus hijas, saca al perrito, mira tele, hace gimnasia, saca pecho frente al espejo --gesto engolado del guaso goce de adelgazar--, y a las once se acuesta. Mientras se duerme visualiza un

juan-grande volando perezosamente por el Río Tacuarembó, alejándose entre dos palmeras altas que desde lejos se parecen cada vez más a las torres Hancock y Sears, entre las cuales el juan-grande, transformado misteriosamente en ganso canadiense, llega finalmente al lago Michigan.

Eduardo Ríos.

Erios@rush.edu (531 North Kenilworth, Oak Park, Illinois 60302, EEUU)

Diciembre de 1997.